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De Raúl Rodríguez Sierra Me llamo Amir y tengo diez años. Antes de que las bombas pintaran el cielo de rojo, yo soñaba con ser dibujante. Tenía un cuaderno azul donde hacía barcos de papel, casas con techos rojos y pájaros que nunca se cansaban de volar. Un día, mientras dibujaba en el suelo de la cocina, mi madre me dijo que guardara el cuaderno. Su voz temblaba, como si las paredes pudieran escucharla. Afuera, la ciudad se había convertido en un monstruo de humo. Las noches eran largas. Yo contaba los segundos entre el rugido de los aviones y el estallido. A veces, el silencio me asustaba más que el ruido, porque significaba que algo estaba por caer. Aprendí a reconocer la diferencia entre el zumbido de un dron y el silbido de un misil, como si fueran canciones prohibidas que nadie quería escuchar. Con los otros niños hacíamos apuestas: quién adivinaba si el estruendo sería cerca o lejos. Nos reíamos por un segundo, y esa risa breve nos salvaba de llorar. Un soldado me regaló un caramelo un día, pero también llevaba un fusil colgado del hombro. Me pregunté si la dulzura y la muerte podían caminar juntas. Nunca me lo pude responder. A escondidas, seguía dibujando. Dibujaba niños con mochilas que iban a la escuela, aunque mi escuela ahora tenía ventanas sin cristales y pizarras cubiertas de polvo. Dibujaba campos verdes, aunque en la tierra real ya no crecían flores. Dibujaba sonrisas, aunque mi reflejo en los charcos apenas recordaba cómo era sonreír. Dibujaba árboles llenos de pájaros, porque en mi ciudad los pájaros se habían ido desde el primer bombardeo. Un día, perdimos nuestra casa. El techo se derrumbó como si hubiera sido de papel. Salimos con lo que pudimos cargar: un poco de ropa, una foto de mis abuelos y, escondido bajo mi camisa, el cuaderno azul. Mientras caminábamos, escuchaba los pasos de los demás como un río interminable de tristeza. En ese río no había risas, solo susurros de miedo y nombres repetidos como plegarias. En el camino encontré a otros niños. Algunos habían perdido a sus padres, otros caminaban con las manos vacías. Nos mirábamos y no hacía falta hablar: todos sabíamos que habíamos perdido lo mismo, aunque con distinto nombre. Algunos lloraban en silencio, otros cantaban canciones antiguas como para espantar la oscuridad. Yo, cada vez que podía, abría mi cuaderno y compartía mis dibujos. Era mi manera de decirles que aún podíamos imaginar algo distinto. Una vez, en un refugio, dibujé una paloma en una pared gris. Una niña pequeña me preguntó qué era. Le dije que era un pájaro que solo vive donde hay paz. Ella lo miró con los ojos muy abiertos y me dijo: “Entonces tenemos que cuidarlo para que no se muera”. Esa frase me acompañó desde entonces, como si fuera un juramento secreto entre los niños. La guerra seguía enseñándonos lecciones que nunca pedimos aprender. Aprendimos a dormir vestidos, a correr sin mirar atrás, a diferenciar el eco de una explosión cercana del retumbar lejano. Aprendimos que las promesas de los mayores se rompían tan fácil como los vidrios de las ventanas. Pero también aprendimos que, entre todo ese dolor, todavía podíamos inventar juegos con piedras, contar historias inventadas y abrazarnos cuando el miedo era más fuerte que el cansancio. En esas noches de juegos inventados, nos sentíamos por un momento invencibles, como si la guerra no pudiera alcanzarnos. La última vez que vi a mi madre fue en una frontera. Los guardias nos separaron: a los adultos por un lado, a los niños por otro. Me gritó que cuidara de mi cuaderno. Yo quise gritar que no me importaba el cuaderno, que solo quería a ella. Pero no tuve tiempo. El río de gente me arrastró como si fuera una hoja en medio de la corriente. Todavía sueño con ese instante: su mano extendida, mi voz atrapada en la garganta. En el campo de refugiados, el tiempo parecía no avanzar. Cada día era igual al anterior, una espera interminable de noticias que nunca llegaban. Allí, el cuaderno azul se volvió mi voz. Empecé a llenar sus páginas con todo lo que veía: carpas grises como nubes tristes, niños corriendo descalzos, ancianos que miraban el horizonte como si esperaran volver a casa. Algunos adultos venían a pedirme que dibujara sus pueblos, sus calles, sus plazas. Yo lo hacía, aunque nunca las hubiera visto, porque necesitaba darles la ilusión de que todavía estaban allí. Una tarde, un voluntario extranjero me vio dibujar y me preguntó qué quería ser de grande. Le respondí que no quería ser grande, que lo único que deseaba era vivir en un lugar donde no tuviera que esconder mi cuaderno. Él me miró con lágrimas en los ojos y no dijo nada. Creo que entendió. Me regaló unos lápices de colores. Fue como recibir un pedazo de arcoíris en medio del gris. Con el tiempo, descubrí que mis dibujos viajaban más que yo. Algunos voluntarios los llevaban consigo y los mostraban en otros países. Decían que la gente, al verlos, entendía mejor lo que pasaba aquí. Entonces comprendí que, aunque mi voz era pequeña, podía cruzar fronteras. Mis pájaros dibujados podían volar más lejos de lo que yo jamás soñé. En mis dibujos, las casas derrumbadas volvían a levantarse, las madres encontraban a sus hijos, y los cielos eran tan azules que no había lugar para las bombas. Ahora escribo en estas páginas porque no quiero olvidar. Quiero que alguien, algún día, sepa que fuimos niños en medio de una guerra que no entendíamos. Que nuestra única arma eran los dibujos, los sueños y las manos que buscaban no soltar otras manos. Quiero que sepan que incluso bajo las ruinas, los niños seguimos siendo capaces de imaginar un cielo azul sin humo. Quizá nunca vuelva a ver a mi madre. Quizá nunca vuelva a mi ciudad. Pero mientras conserve mi cuaderno azul, seguiré dibujando palomas. Porque aunque el mundo insista en llenarse de humo, todavía creo que algún día volarán libres sobre un cielo en paz.
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