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De Estela Sáez Fuentes
Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas. Rimas y leyendas, Gustavo Adolfo Bécquer
Como caen cuerpos heridos, así caían los edificios. Primero gritaban las ventanas al estallar los cristales, después se agrietaban los muros y finalmente se desplomaba la estructura entera en un quejido sordo de hierro y cemento. Amal Nasser, médica, había aprendido a reconocer ese sonido, ese último suspiro de la arquitectura antes de convertirse en escombros. Era el mismo que hacían las personas cuando se rendían. Se había improvisado el hospital de campaña en una antigua mezquita. La sala principal olía a éter y a miedo y las camillas se alineaban en lo que antes había sido el salón de rezo. Se mantenían abajo hombres y arriba mujeres. Los pocos avances que había habido los años anteriores en terreno de igualdad, habían retrocedido kilómetros con la guerra. Amal se movía como un autómata entre las camas, suturaba heridas o realizaba curas. Sus manos ya no temblaban. Eso fue lo primero que perdió: el temblor de las manos, aquella pequeña duda que te recuerda que eres humana y que estás cortando carne viva, hurgando dentro del dolor ajeno. Cuando le dijeron que su marido había muerto en el bombardeo del Sector Norte, Amal estaba extrayendo metralla del abdomen de un soldado de la misma edad de Karim, su esposo. Pero continuó de pie y terminó la operación. Se lavó las manos. Salió al patio trasero donde las bombas habían arrancado todos los árboles menos uno, un almendro necrosado que se aferraba al suelo con raíces tercas. Recordó el día que partió: “Volveré sano y salvo” le dijo, entonces parecía que los ataques eran cuestión de días. “Mentira” pensó Amal ahora enfadada. Y se quedo allí un rato, mirando el humo negro que se elevaba justo en el norte, donde se encontraba su casa. Recordó las miles de mañanas que se había despertado junto a Karim, las veces que habían hecho el amor o discutido por tonterías, o planeado entre susurros un futuro que ya nunca llegaría. Intentó llorar pero no pudo. Volvió a quirófano sin lágrima ni comentario alguno. Al fin y al cabo, había más heridos esperando. Ese mismo día, el director del hospital la hizo llamar para felicitarla por su eficiencia. “Cuanto te contraté me pareciste tan fuerte y entera. Toda resiliencia. Me dije a mi mismo que eras lo que necesitábamos. Después vino la guerra y me demostraste eso mismo con creces. Estoy muy orgulloso de ti” le dijo sonriente mientras le estrechaba la mano. Amal no menciono lo de su marido. De hecho, no hizo comentario alguno. Morena, alta y fibrosa, recia, nada de sentimentalismos. Solo sangre fría. Era lo que el hospital necesitaba. Era la mejor actitud para sobrevivir en tiempos de guerra. Tres meses después su madre y su hermana desaparecieron. La artillería aérea alcanzó el refugio civil donde se encontraban escondidas. De ese lugar ahora solo quedaban las escaleras del edificio, absurdamente suspendidas en el aire como una escultura abstracta, un monumento involuntario creado por la destrucción. Amal no fue a verlo. No podía permitirse coger el día para ir a velar un amasijo de forjados retorcidos. Para qué ir a ver hormigón si alguien tenía que mantener el hospital en pie. Seguramente los cuerpos no aparecerían y, si lo hacían, serían solo cadáveres desfigurados desenterrados con el paso de los días que nada tenían que ver con su madre y con su hermana. Alguien tenía que seguir creyendo que salvar una vida aún significaba algo. Había decidido, sin pensarlo, que ella estaba a favor de los vivos. Amal se sentó un momento a respirar tras la revisión rutinaria de heridas y amputaciones. El olor a desinfectante y cangrena inundaba el ambiente. Pensó todo lo que se puede romper: los huesos, las rutinas, las promesas. Amal era minuciosa y precisa. Era tan cuidadosa que en contadas ocasiones rompía algo, rara vez perdía la calma y nunca había roto una fotografía en un ataque de ira. Pero su marido había roto su promesa. También su hermana le había prometido que cuidaría de su madre “nos vamos de la ciudad porque allí estaremos más seguras. Tú deberías planteártelo también aunque seas médica. Nadie te sacará de aquí si la cosa se pone todavía más fea”. Desde entonces, habían pasado meses, y la guerra no solo no había cesado sino que se había asentado con tal violencia, desproporción y crueldad, que ni la comunidad internacional se había atrevido a intervenir por miedo a represalias. “Cobardes” murmuraban los hombres en las esquinas. Pero en estos tiempos convulsos nada era de fiar, y Amal necesitaba seguridad para sobrevivir. Necesitaba promesas a las que aferrarse, amores que no se quiebran, familias que permanecen enteras. Suelo firme y no en lo que se había convertido la ciudad. No entendía que su rabia estaba ligada a la guerra. Desde que conociera las trágicas noticias, se había vuelto aún más eficiente. Parecía impermeable a las desgracias, no solo a las de otros, de las que no conocía historia alguna, sino a las propias, a las que te tocan de cerca y no te dejan conciliar el sueño, a las de tu sangre. También a eso parecía indiferente. Nada parecía afectarle. Con el paso de las semanas dormía cuatro hora y comía de pie. Operaba doce, catorce, dieciséis horas seguidas. Sus colegas la miraban con una mezcla de admiración y espanto, porque Amal había logrado lo que todos intentaban y nadie conseguía del todo: convertirse en pura función, en un instrumento sin fisuras. Cuando le preguntaban cómo lo hacía, cómo seguía en pie, ella respondía con una sonrisa mínima: "Alguien tiene que hacerlo". Entonces le preguntaban que cómo estaba, si las atrocidades del frente no había hecho mella en ella, a lo que Amal respondía con una mueca, como de medio superioridad medio de desprecio, para volver a repetirles, “alguien tiene que hacerlo”. Cómo la última piedra que se mantiene erguida cuando han caído todas las de alrededor, así seguía. En pie. Pero en las noches, cuando el cansancio la tumbaba finalmente en la cama del cuartucho colectivo de guardia, Amal pensaba en Yousef, su único hijo. El pequeño tenía cinco años, los ojos oscuros como aceitunas y era vivaracho. Cuando comenzaron las bombas y cerraron la escuela, le enviaron con la hermana de Karim a las montañas. Aunque Amal se moría de pena por separarse de él le dijo a Yousef “vete con la tía al campo, allí estarás bien. Rezaré por ti y pronto nos reuniremos”. Yousef era su última pieza intacta, su único territorio no ocupado por la guerra. Cada dos semanas llegaba una carta con su letra torpe, llena de faltas de ortografía y dibujos de pájaros. "Mamá, cuando bengas te enseño a trepar al olivo grande. Mamá, he visto un agila. Mamá, ¿cuándo se acaba esto?" A pesar de que Amal había dejado de rezar hace meses, atea impactada por la guerra y la metralla, Yousef era la única razón por la que Amal no se derrumbaba, fuente de energía intacta, era la imagen que aún la conmovía en este campo de minas y desastres humanos que había empezado a normalizar. En todas las familias había pérdidas, dramas, catástrofes. Había que hacerse fuerte para no sucumbir al malestar, para no caer como las casas astilladas. Cuando cerraba los ojos, veía a Yousef corriendo por la colina, montaña arriba, bajo el resplandor del sol, sonriente hablando de los pájaros “Mira mamá, ¡éste! ¡Y éste otro!” Pero cuando las primeras lluvias comenzaron a lavar el polvo del ambiente y la sangre de las calles, llegó una carta. El mensajero tendría unos quince años y el traje demasiado grande. No la miro a los ojos cuando le entrego el sobre, como quien se sabe cómplice de un delito y teme delatarse; o peor aún, de quien ha transmitido malas noticias tantas veces que teme contagiarse. Amal cogió el sobre. Oyó cómo la llamaban de la mesa de operaciones pero sus sentidos pararon en seco, incapaz de oír lo ajeno. Amal lo abrió de pie, junto a la mesa de curas que acababa de limpiar. La letra no era la habitual, la carta no era de Jousef. Era de su cuñada.
Comenzó a temblar. Primero las manos, después todo el cuerpo. No necesitaba leer nada. La miró de soslayo: Un ataque aéreo errante... Un error de cálculo.... Una bomba perdida... algo de inocentes... El pueblo ya no existía.. Ella había sobrevivido porque estaba en el mercado. El niño estaba en casa, dibujando golondrinas que volverían en primavera... El papel cayó de las manos de Amal como cae un pájaro muerto. Por un momento no pasó nada. El hospital seguía con su rumor de gemidos y órdenes urgentes. Una enfermera pasó corriendo con un paquete de gasas. Alguien gritó pidiendo morfina. Y entonces, algo dentro de Amal se fracturó para siempre, con el mismo sonido que hace un edificio cuando cede su estructura. Ese gemido interior de cemento incombustiblemente herido, de cimientos que se rinden.
Se sentó en el suelo. Simplemente se quedó allí, en medio del pasillo, con la espalda contra la pared fría. Y por primera vez en dos años de guerra, la doctora Amal Nasser lloró. Lloró como lloran las ruinas cuando la lluvia las atraviesa, sin consuelo, sin fin. Lloró por Yousef, por su marido, por su madre y su hermana, por todos los cuerpos que había intentado reparar y no pudo, por todas las vidas que se desmoronaban a su alrededor como edificios bombardeados. Lloró hasta que no le quedaron más lágrimas, hasta que su cuerpo fue solo un cascarón vacío, una estructura más colapsada. Pasó tres días sin moverse de su catre. Los otros médicos la cubrieron con una manta, trabajaron dobles turnos, susurraron en los pasillos. Todos la entendían, algunos por desgracia también eran los únicos que habían sobrevivido a su familia. Sabían que Amal había sostenido demasiado durante demasiado tiempo, incluso las personas más fuertes tienen un punto de quiebre, pero una vez que la grieta empieza, ya no hay nada que hacer y se resquebrajan todos los muros de carga. Al cuarto día, Amal se levantó. No estaba mejor, pero oyó los bombardeos otra vez y supo que habría heridos. Se lavó la cara con agua fría, se puso el mandil manchado de sangre seca, y volvió al quirófano. Pero ya no era la misma. Operaba con la misma precisión, pero algo esencial se había borrado de su mirada. Era como esas casas que permanecen en pie después de un incendio: la estructura sigue ahí, pero adentro todo está quemado y no queda más que ceniza. La guerra terminó en primavera. Un día, simplemente, dejaron de llegar heridos. Las sirenas cesaron y el silencio se instaló en la ciudad como un inquilino incómodo. Un día, Amal caminaba por las calles destrozadas sin rumbo, observando el desastre que llegaba casi hasta el horizonte. Edificios partidos por la mitad, con las habitaciones a la vista como casas de muñecas; escaleras que no llevaban a ningún sitio; paredes con cuadros aún colgados, alguna vez habitadas por familias. Cuando paso frente a lo que había sido la biblioteca municipal, se detuvo. La fachada se mantenía en pie por pura terquedad, por inercia. Se vio reflejada en ella: una estructura que fingía solidez pero que por dentro era solo vacío. Pensó en Yousef, en su risa, en sus manitas calientes y en las noches en que le leía cuentos. Le gustaba que los personajes volasen, tal vez por eso le encantaban los pájaros. Rompió a llorar. Le tenía presente cada minuto de su dolorosa vida y encima, había perdido el propósito que la hiciera resistir. Una vez acabada la guerra, ya no era imprescindible como médico. Además, su hijo había muerto y ya no era madre. ¿O sí? Los años pasaron y la vida siguió como si nada. A pesar del dolor de Amal, a pesar del dolor de los que habían perdido a sus seres queridos injustamente, la hierba comenzó a brotar y los edificios a reconstruirse. La actividad comercial empezaba a bullir de nuevo con las reparaciones mientras los colegios abrían y los jóvenes querían tener fiesta sin mirar atrás. Ellos no habían provocado el absurdo de la guerra; es más, no tenían forma de decidir nada ¿para qué preocuparse entonces? El lema era disfrutar mientras se pueda. A Amal se le asignó un habitación modular, simple, provisional, con retrete y ducha, donde vivir a la espera de que se reconstruyese su casa. A pesar de las quejas de otros por lo sobrio del lugar, a ella le daba igual. Sentía que su vida estaba en un limbo, anestesiada entre el infierno de tener que vivir sin su hijo y la esperanza de reunirse con él en ese cielo que alguna vez pensó que existiría. Ya había perdido por completo la fe, primero por la guerra, después y, más profundamente, por su hijo. Incluso había llegado a pensar en suicidarse. Amal era una persona ya solo en apariencia: se alimenta, dormía y operaba, pero por dentro era un alma errante incapaz de conectarse lo más mínimo con otro ser humano. Un día, paseando entre las ruinas que se doblegaban a la erosión del viento, zigzagueando entre montones de ladrillo roto y vigas caídas, un niño impulsaba una bicicleta sin pedales. Tendría cuatro o cinco años y el pelo revuelto por el viento. Como un cometa que deja su estela, desapareció rodando al doblar una esquina. Amal se quedó quieta, una punzada de dolor le alcanzó el pecho. A pesar de su tristeza y la ruina del paisaje, la vida se imponía y pasaba por encima de ella. Se ajustó el abrigo y echó a andar. Pero con el paso de los días algo había cambiado. La visión del infante libre la había tocado por dentro. La muerte de su hijo la había sumido en un estado de inercia emocional, y es que para evitar el caos había tenido que recurrir a un control absoluto. “Nadie que no haya perdido un hijo podría entender el horror que te alcanza. Como un desierto inerte, ya nada tiene sentido” pensó. Pero lo cierto es que a partir de ese momento Amal, como una fuente incansable a la que se le escapa el agua a borbotones, contaba una y otra vez su historia. “Yo perdí un hijo, sabe?”. A amigos, a vecinos, a conocidos, a tenderos, a transeúntes. Algunos, se daban medía vuelta para no escuchar la historia repetida por enésima vez, otros, con una historia similar, sostenía su relato al salir de la carnicería “A ver, enséñame su foto”. A sus conocidos les extrañaba este repentino ataque de emocionalidad pero lo cierto es que Amal ya nunca volvío a ser la misma. Como esa fuente que se derrama, estaba obligada a contar la historia de su hijo una y otra vez, porque si ella no lo recordaba, nadie más lo haría. Y el manantial, aunque repetido, deja un terreno fértil, inunda la tierra para que allí puedan crecer plantas y beber animales, para que el recuerdo de su hijo se mantuviera así vivo. Con los años volvió a bailar, incluso a enamorarse. Su corazón volvió a latir al son de la vida. No tuvo, sin embargo, más hijos. Puede decirse que volvió a ser feliz. Pero, a pesar de eso, una parte de la estructura de Amal, quedaría, ya para siempre, en ruinas.
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